Hay una imagen que la sabiduría popular acuñó con precisión quirúrgica: la carreta delante del burro. No es simplemente una metáfora del desorden. Es el retrato exacto de una patología colectiva que trasciende la torpeza y se instala en la estructura misma de la acción social: el instrumento precede a su motor, el efecto desplaza a su causa, la forma devora a la sustancia. Y lo más inquietante no es que la carreta avance sin dirección, sino que quienes la empujan están convencidos de que avanzan.
I. El movimiento que no llega
Émile Durkheim denominó anomia a la condición en que los marcos normativos de una sociedad se disuelven sin ser reemplazados, dejando a los actores sociales en una suerte de flotación perpetua: hay energía, hay discurso, hay convocatoria, pero la brújula ha desaparecido. No se trata de inmovilidad —ese sería un diagnóstico más sencillo— sino de movimiento sin orientación, de ruido que se confunde con señal. La anomia no paraliza; desorienta. Y una sociedad desorientada puede moverse con extraordinaria velocidad hacia ninguna parte.
Robert Merton precisó el fenómeno: cuando los fines culturales —el cambio, la transformación, la justicia— persisten como retórica colectiva pero los medios legítimos para alcanzarlos se han erosionado o jamás fueron construidos, la sociedad no colapsa de inmediato. Adopta, en cambio, una postura de sustitución: el discurso reemplaza al programa, la intención ocupa el lugar del método, y la proclama pública se convierte en el único producto verificable de la acción política.
La carreta sigue rodando. Nadie pregunta hacia dónde.
II. El significante que todo lo promete y nada lo cumple
Ernesto Laclau ofreció una categoría que ilumina el corazón del problema: el significante flotante. Hay palabras que, precisamente por su vacío de contenido específico, pueden ser reclamadas simultáneamente por todos. "Cambio" es la más poderosa de ellas. Se invoca en todos los registros, se pronuncia desde todas las tribunas, se inscribe en todas las banderas. Y esa ubicuidad no es prueba de su fuerza, sino de su vaciamiento: una palabra que significa todo termina por no significar nada. El cambio sin proyecto no es una promesa política; es una contraseña de pertenencia.
Cuando el vocabulario de la transformación se separa del trabajo de la transformación, ocurre lo que el marco weberiano permite diagnosticar como la degradación de la acción racional: ya no hay fines claros que orienten los medios, ni valores articulados que den coherencia al esfuerzo, ni tradición institucional que acumule experiencia. Queda únicamente el gesto, la performance del actor que habla de cambio porque el lenguaje del cambio es el único disponible y, sobre todo, el único que no exige rendición de cuentas.
Hablar de transformación sin un plan es, en el fondo, la forma más cómoda de parecer relevante sin asumir el riesgo de serlo.
III. La ilusión de dirección
Lo que distingue este fenómeno de la simple ignorancia es su carácter estructural: no se trata de individuos que no saben, sino de dinámicas colectivas que producen y reproducen la ausencia de saber como condición de funcionamiento. Una sociedad atrapada en este patrón no carece de voces; las tiene en abundancia. No carece de energía movilizadora; la desborda. Lo que le falta es la arquitectura que convierte la energía en fuerza con dirección.
El peligro real no es el silencio, sino el ruido que lo sustituye. El silencio, al menos, permite escuchar. El ruido organizado —el de las consignas sin contenido, el de los diagnósticos sin terapéutica, el de las agendas sin estrategia— produce una ilusión de actividad que funciona como anestesia colectiva. Se cree que porque se habla, se piensa. Se cree que porque se convoca, se construye. Se cree que porque la carreta avanza, se llega.
Octavio Paz lo vio en otro contexto con su habitual lucidez: confundir la elocuencia con el pensamiento es uno de los vicios más arraigados de la cultura política latinoamericana. Arturo Uslar Pietri lo formuló de otro modo: el drama no es que falten palabras, sino que sobran en relación inversa a los hechos que las respaldan.
IV. La carreta no lleva pasajeros: lleva espejismos
Una sociedad que habla de cambio sin construir el proyecto del cambio no está en tránsito: está en escena. Representa la política en lugar de practicarla. Y esa representación tiene costos reales, medibles en tiempo desperdiciado, en confianza erosionada, en generaciones que crecen aprendiendo que la palabra y el hecho son registros separados y que el segundo es, en el mejor de los casos, opcional.
La pregunta que corresponde hacerse no es si hay voluntad de transformación —esa nunca ha faltado donde hay crisis—, sino si hay rigor para construirla. Si hay disposición para el trabajo lento, técnico, a veces ingrato, de trazar el destino antes de mover la carreta. Si hay honestidad intelectual para reconocer que una proclama no es un programa, que una consigna no es una política, y que el entusiasmo, siendo necesario, no es suficiente.
El burro debe ir delante de la carreta. No porque la tradición lo indique, sino porque sin él la carreta no llega. Y una sociedad que no llega, por más ruidosa que sea su marcha, está, en el sentido más profundo de la palabra, detenida.
Aldo Rojas Padilla

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