Mañana comienza en California un juicio que puede tener consecuencias mucho mayores que una simple multa para Meta, la empresa propietaria de Facebook e Instagram. Cuatro estados —California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey— acusan a la compañía de haber diseñado determinadas funciones de sus plataformas para atraer y retener a menores, incluso conociendo los riesgos que podían representar para ellos. Reclaman hasta 1.400 millones de dólares. Pero el dinero no es lo más importante. Lo verdaderamente interesante es lo que está detrás de la demanda: si una empresa puede ser responsabilizada por diseñar deliberadamente un producto para mantener enganchados a sus usuarios, especialmente cuando se trata de niños y adolescentes. Porque Facebook e Instagram no son simples vitrinas donde cada usuario decide qué mirar. Hay algoritmos que seleccionan el contenido. Hay notificaciones que reclaman nuestra atención. Hay desplazamiento infinito. Hay recomendaciones que aparecen una detrás de...
La paradoja más inquietante de la modernidad tardía no es la escasez de recursos ni la ausencia de oportunidades formales, sino algo más perturbador: la inversión sistemática de los estándares de exigencia. Lo que en cualquier coordenada histórica constituyó el umbral mínimo de la vida intelectual y profesional —sostener la atención sobre un objeto complejo, ejecutar un compromiso con disciplina sostenida, articular un argumento sin el auxilio de consignas prestadas— ha ascendido, silenciosamente, al rango de lo extraordinario. No nos encontramos ante una crisis de aptitud individual ni ante el simple deterioro de una generación; nos encontramos ante un desplazamiento estructural de las expectativas colectivas cuyas causas son, al mismo tiempo, tecnológicas, económicas y deliberadamente políticas. Cuando el rasero social se nivela con persistencia hacia abajo, el rigor elemental deja de ser una norma de convivencia para transformarse en un vector de disrupción, y quien simplemente ejec...