En las sociedades contemporáneas, observamos un fenómeno perturbador: la existencia de una masa crítica de ciudadanos que, ante la oportunidad de construir, prefieren habitar la comodidad de la repetición. No estamos ante un problema de opresión externa, sino ante una auto-limitación cognitiva. La "disonancia voluntaria" es el mecanismo mediante el cual el individuo elige ignorar su propia carencia de ideas, refugiándose en el ruido constante para no tener que enfrentar el vacío de su propia inacción.
El refugio del eslogan: La era del pensamiento prestado
La sociedad actual ha desarrollado una dependencia hacia la validación externa. Vivimos rodeados de consignas repetidas sin examen, frases que funcionan como salvoconductos sociales: quien las pronuncia queda eximido del costo intelectual de pensar por cuenta propia.
Estas narrativas, amplificadas por redes digitales, operan bajo una lógica emocional que sustituye al argumento. Al seguirlas, el individuo siente que "participa" en la vida pública, cuando en realidad ejecuta un guion ajeno. La disonancia ocurre aquí: el sujeto cree tener criterio propio, mientras su discurso es, en esencia, el eco de una frecuencia que no sintonizó él mismo.
El desierto de los proyectos: La ausencia de visión colectiva
La repetición infinita de los mismos argumentos no es casual; es el síntoma de una carencia estructural: la falta de proyectos compartidos. Cuando una colectividad carece de una visión articulada sobre qué nación es posible construir, la conversación se torna circular. Entiendo por "proyecto país" algo concreto: una narrativa de futuro que responda, al menos, a tres preguntas básicas —qué queremos producir, cómo queremos vivir juntos y qué estamos dispuestos a transformar para lograrlo.
Sin esa brújula, no hay debate, solo redundancia. Se habla y se repite lo mismo porque es lo único que existe en el inventario intelectual del grupo. Esta pobreza de ideas genera una sociedad que teme a la disrupción y convierte el debate público en un ejercicio donde nada se construye, nada se diseña y nada trasciende el momento en que se pronuncia.
El imperativo de la poiesis
Estamos ante una sociedad que ha confundido el estar ocupado con el estar creando. La verdadera disonancia consiste en pretender que avanzamos mientras nos movemos en círculo: mismas consignas, mismas carencias, mismo rechazo a revisar nuestras formas de hacer. Es más cómodo sostener lo ineficaz bajo la excusa de la experiencia que asumir el riesgo de intentar algo distinto.
El reto de una ciudadanía que aspire a la grandeza no es seguir la línea de menor resistencia, sino practicar la poiesis: la capacidad de hacer, de fabricar, de traer a la existencia algo que antes no existía. Salir de la disonancia exige un acto de honestidad: reconocer que sin una visión propia y sin voluntad de innovar, no ejercemos ciudadanía, sino que nos limitamos a habitar realidades que otros diseñaron para nosotros. La historia no se escribe repitiendo lo que nos dictan, sino construyendo con las ideas que nos atrevemos a tener.
Aldo Rojas Padilla

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